La vida en dos
19 de septiembre 19 de septiembre
2002
2002
Antes del amanecer, los armados se tomaron el pueblo. El miedo se impuso como la lluvia. El Polideportivo, entonces repleto, guardó un silencio que todavía se escucha. Esta no es la historia de una, sino de muchas veredas del Guaviare que hoy siguen buscando a sus desaparecidos.
05 de septiembre 2002
I.
Temer
Aún no amanece. Llueve. Es una lluvia de selva, que no escampa, que no cesa. Un rumor corre tan rápido como el agua: “Allá vienen las Autodefensas. Vienen allá, allá arriba, allá están los paracos”. Los que más temen se van, se meten en la selva. Los demás, los que oyen el rumor que nunca se concreta, los que creen que no deben nada, se quedan.
Aún no amanece. Llueve. Es una lluvia de selva, que no escampa, que no cesa. Un rumor corre tan rápido como el agua: “Allá vienen las Autodefensas. Vienen allá, allá arriba, allá están los paracos”. Los que más temen se van, se meten en la selva. Los demás, los que oyen el rumor que nunca se concreta, los que creen que no deben nada, se quedan.
Este lugar es eso. Una vereda donde ‘los que debían’, para un lado o para el otro, o se fueron o los mataron. Los que quedaron creen que se salvaron porque nunca jugaron para un bando. Aunque haya sido pura suerte.
Este lugar es eso. Una vereda donde ‘los que debían’, para un lado o para el otro, o se fueron o los mataron. Los que quedaron creen que se salvaron porque nunca jugaron para un bando. Aunque haya sido pura suerte.
Los paramilitares fueron de casa en casa buscando a los tales milicianos. Traían los nombres en unas listas largas que recogieron después de meses de inteligencia bajo el disfraz de raspachines. Bordeando las 7 de la mañana encontraron al primero: era el entonces presidente de la Junta de Acción Comunal.
Los paramilitares fueron de casa en casa buscando a los tales milicianos. Traían los nombres en unas listas largas que recogieron después de meses de inteligencia bajo el disfraz de raspachines. Bordeando las 7 de la mañana encontraron al primero: era el entonces presidente de la Junta de Acción Comunal.
“¡Qué camaradas ni que hp! Lo amarraron de las manos y se lo trajeron para el polideportivo, este polideportivo, aquí. Ahí reunieron toda la gente”
“¡Qué camaradas ni que hp! Lo amarraron de las manos y se lo trajeron para el polideportivo, este polideportivo, aquí. Ahí reunieron toda la gente”
Sentaron a mujeres a un lado, y los hombres al otro. En medio del público, los paramilitares sentenciaron a muerte al hombre que llevaban amarrado: quién responde por este, preguntaban. En ese entonces, los habitantes de la vereda se contaban por cientos. Ahora, por mucho, alcanzan a sumar un par de veintenas.
Sentaron a mujeres a un lado, y los hombres al otro. En medio del público, los paramilitares sentenciaron a muerte al hombre que llevaban amarrado: quién responde por este, preguntaban. En ese entonces, los habitantes de la vereda se contaban por cientos. Ahora, por mucho, alcanzan a sumar un par de veintenas.
“Y le pidieron consentimiento a la gente ¿y quién respondía?, nadie. Quién va a decir: Mátenlo o no lo maten, normal. Entonces dijeron: Ya lo tienen en las manos, ustedes verán si lo dejan ir… todo el mundo callado.“
“Y le pidieron consentimiento a la gente ¿y quién respondía?, nadie. Quién va a decir: Mátenlo o no lo maten, normal. Entonces dijeron: Ya lo tienen en las manos, ustedes verán si lo dejan ir… todo el mundo callado.“
‘Allá está enterrado’ y una seña con el dedo. La frase es un lugar común en este pueblo. Un cliché que dejó la guerra.
‘Allá está enterrado’ y una seña con el dedo. La frase es un lugar común en este pueblo. Un cliché que dejó la guerra.
II.
Vivir
La vereda observa desde un risco el riachuelo que lleva su mismo nombre y que corre, agua abajo, hasta el imponente río Inírida que atraviesa de lado a lado el departamento del Guaviare.
La vereda observa desde un risco el riachuelo que lleva su mismo nombre y que corre, agua abajo, hasta el imponente río Inírida que atraviesa de lado a lado el departamento del Guaviare.
La carretera que conecta a San José con esta vereda se llama la Trocha Ganadera, un andurrial de tierra rojiza y húmeda que, durante 85 kilómetros, recorre pastizales repletos de cabezas de ganado que caminan sobre lo que alguna vez fue selva y hoy solo quedan los vestigios: troncos mochados, rostizados, entre los que crece una grama verde invasiva.
La carretera que conecta a San José con esta vereda se llama la Trocha Ganadera, un andurrial de tierra rojiza y húmeda que, durante 85 kilómetros, recorre pastizales repletos de cabezas de ganado que caminan sobre lo que alguna vez fue selva y hoy solo quedan los vestigios: troncos mochados, rostizados, entre los que crece una grama verde invasiva.
La selva es la postal de la tierra sin dueño en el imaginario de los aventureros que se atrevieron a colonizarla. Aunque, lo que hoy son praderas, sí era tierra de alguien: los Nukak, la última comunidad indígena nómada de Colombia. En ese tiempo los desplazó la coca. Ahora la ganadería. Palabras que alguna vez significaron progreso y que hoy significan un cambio en el paisaje que hace aún más difícil encontrar a los desaparecidos.
La selva es la postal de la tierra sin dueño en el imaginario de los aventureros que se atrevieron a colonizarla. Aunque, lo que hoy son praderas, sí era tierra de alguien: los Nukak, la última comunidad indígena nómada de Colombia. En ese tiempo los desplazó la coca. Ahora la ganadería. Palabras que alguna vez significaron progreso y que hoy significan un cambio en el paisaje que hace aún más difícil encontrar a los desaparecidos.
La vereda se fundó a punta del voz a voz. A mediados de los 80 y sin celulares, los más atrevidos que se iban a buscar un pedazo de tierra y volvían para contar el cuento, se convertían en anzuelo para otros avezados. El requisito era llegar recomendado. Los armados no dejaban entrar a cualquiera y cualquiera, en cambio, era sinónimo de sospecha.
“Cuando nosotros llegamos había bastante guerrilla. Había que cumplir normas. Había que pagar impuestos por tener, y por no tener a veces. Tocaba convivir con ellos”. El castigo por no cumplir las reglas se pagaba con la vida.
“Cuando nosotros llegamos había bastante guerrilla. Había que cumplir normas. Había que pagar impuestos por tener, y por no tener a veces. Tocaba convivir con ellos”. El castigo por no cumplir las reglas se pagaba con la vida.
Más que acostumbrarse a las reglas, los habitantes de esta vereda se sometieron por pura cuestión de supervivencia.
“El que tiene las armas, es el que manda”.
Más que acostumbrarse a las reglas, los habitantes de esta vereda se sometieron por pura cuestión de supervivencia.
“El que tiene las armas, es el que manda”.
III.
Buscar
*
–No ponga mi nombre–, dice. –Quiero que me llame ‘mujer triste de alguna parte del Guaviare‘–. –Esta es mi historia. La he contado tantas veces que le pedí a alguien que me la escribiera–:
*
–No ponga mi nombre–, dice. –Quiero que me llame ‘mujer triste de alguna parte del Guaviare‘–. –Esta es mi historia. La he contado tantas veces que le pedí a alguien que me la escribiera–:
“Con mi hermana teníamos una sociedad, un restaurante, cuando llegaron los paramilitares. En el mes de octubre de 2002, sacaron a toda la comunidad de la vereda, listado en mano y con amenazas que nadie podía quedar en la zona.“

Al cabo de unos meses, La mujer triste del Guaviare y su hermana decidieron retornar. Su hermana vino a esta vereda de primeras pero nunca llegó.

“En esa época no había teléfono ni nada, me empecé a asustar al ver que no llegaba. Averiguando con los conocidos me contaron que los paramilitares la retuvieron, la hicieron quedarse con ellos. Que después salieron con ella por la vía que conduce a la vereda. Algunos vecinos afirman que oyeron disparos posteriormente, pero no saben nada más. Una amiga nuestra me dijo que los paramilitares la habían matado por guerrillera. Nunca apareció el cuerpo ni nada.

“Quiero encontrar los restos de mi hermana, saber dónde la dejaron los paramilitares enterrada para darle una sepultura digna. Algo tengo menos temor de denunciar y por eso realizo en lo posible, todas las gestiones para encontrarla. Los papeles de mi hermana, todo lo que ella llevaba, fotos, celular, todo, lo quemaron cuando la mataron.“

Le queda solo el recuerdo: “era una mujer de cuerpo regular, que no era ni gorda ni flaca, no muy alta. Pelo crespo, nariz anchita, labios gruesos… y negra, o morena, como sea que digan”. Una mujer muy parecida a ella.
“Con mi hermana teníamos una sociedad, un restaurante, cuando llegaron los paramilitares. En el mes de octubre de 2002, sacaron a toda la comunidad de la vereda, listado en mano y con amenazas que nadie podía quedar en la zona.

Al cabo de unos meses, La mujer triste del Guaviare y su hermana decidieron retornar. Su hermana vino a esta vereda de primeras pero nunca llegó.

“En esa época no había teléfono ni nada, me empecé a asustar al ver que no llegaba. Averiguando con los conocidos me contaron que los paramilitares la retuvieron, la hicieron quedarse con ellos. Que después salieron con ella por la vía que conduce a la vereda. Algunos vecinos afirman que oyeron disparos posteriormente, pero no saben nada más. Una amiga nuestra me dijo que los paramilitares la habían matado por guerrillera. Nunca apareció el cuerpo ni nada.

Quiero encontrar los restos de mi hermana, saber dónde la dejaron los paramilitares enterrada para darle una sepultura digna. Algo tengo menos temor de denunciar y por eso realizo en lo posible, todas las gestiones para encontrarla. Los papeles de mi hermana, todo lo que ella llevaba, fotos, celular, todo, lo quemaron cuando la mataron.

Le queda solo el recuerdo: “era una mujer de cuerpo regular, que no era ni gorda ni flaca, no muy alta. Pelo crespo, nariz anchita, labios gruesos… y negra, o morena, como sea que digan”. Una mujer muy parecida a ella.
IV.
Insistir
El habitante más antiguo de esta vereda tiene 71 años. El día que llegamos a visitarlo es su cumpleaños, el número 12 que celebra sin su hijo.
“Quiero que ustedes me digan qué toca hacer para saber dónde está mi hijo, para darle cristiana sepultura porque él no es ningún perro, es un ser humano. Eso es todo”.
El habitante más antiguo de esta vereda tiene 71 años. El día que llegamos a visitarlo es su cumpleaños, el número 12 que celebra sin su hijo.
“quiero que ustedes me digan qué toca hacer para saber dónde está mi hijo, para darle cristiana sepultura porque él no es ningún perro, es un ser humano. Eso es todo”.
Antes de que se los llevaran, él había intentado proteger a sus dos hijos llevándolos a que prestaran servicio militar en Bucaramanga. Pero el Ejército sólo aceptó a uno. El otro, el que tenía una enfermedad mental, tuvo que regresar con él al Guaviare.
Y el Mayor me dijo: "ese muchacho sale apto para prestar servicio". Y sobre este: “catalasia mental, me dijo el Mayor. No lo podemos aceptar”.
Antes de que se los llevaran, él había intentado proteger a sus dos hijos llevándolos a que prestaran servicio militar en Bucaramanga. Pero el Ejército sólo aceptó a uno. El otro, el que tenía una enfermedad mental, tuvo que regresar con él al Guaviare.
Y el Mayor me dijo: "ese muchacho sale apto para prestar servicio". Y sobre este: “catalasia mental, me dijo el Mayor. No lo podemos aceptar”.
*
“Lo traje, pero él no paraba. Se hizo amigo de ellos, [de los paramilitares]. Les ayudaba a cocinar, a pelear yuca, a todo, y decía que se iba a ir con ellos. El comando que estaba en ese momento se daba cuenta que ese muchacho no era normal, que era loco”

Los paramilitares lo llamaron a él a una cita para hablar sobre su hijo:

– Estamos preocupados por su hijo porque él nos dice que lo llevemos–, le dijeron.

– Comando, ¿Cómo así? A él ya lo declararon loco ¿Cómo se lo van a llevar? Por allá lo mata la guerrilla o en un enfrentamiento–

– Entonces, ¿Qué quiere que yo haga?–, respondió el comandante paramilitar.

– Hágame un favor, asústelo. Dígale que si él no se viene con nosotros, con su familia, ustedes lo van a matar– Y así fue.
Esa noche, el muchacho llegó tarde a la casa de su papá. Se acostó, estaba muy inquieto. Al otro día se fue para la vereda y allá se encontró con la guerrilla. Les preguntó que si se lo podían llevar. Nunca más regresó.
“Cuando llegué aquí ya no estaba, se había ido. Hasta el sol de hoy.“
Esa noche, el muchacho llegó tarde a la casa de su papá. Se acostó, estaba muy inquieto. Al otro día se fue para la vereda y allá se encontró con la guerrilla. Les preguntó que si se lo podían llevar. Nunca más regresó.
“Cuando llegué aquí ya no estaba, se había ido. Hasta el sol de hoy.“
Durante 12 años lo ha buscado y no dejará de hacerlo. Aunque le hayan dicho que su hijo está muerto. Aunque le hayan dicho que su hijo es uno entre 2.500 desaparecidos del Guaviare. Él no desiste y no desistirá.

“Yo lo único que pido, encarecidamente, mediante Dios, es que pronto aparezca”.
Durante 12 años lo ha buscado y no dejará de hacerlo. Aunque le hayan dicho que su hijo está muerto. Aunque le hayan dicho que su hijo es uno entre 2.500 desaparecidos del Guaviare. Él no desiste y no desistirá.
“Yo lo único que pido, encarecidamente, mediante Dios, es que pronto aparezca”.
V.
Volver
Han pasado 17 años y hasta ahora la historia de este pueblo y la de sus vecinos se está conociendo por fuera de sus fronteras. Por aquí, por esta calle de tierra, han desfilado ya las instituciones que antes estaban sordas. Algunas vinieron por iniciativa propia. Otras llegaron porque algún comandante habló buscando beneficios.
Han pasado 17 años y hasta ahora la historia de este pueblo y la de sus vecinos se está conociendo por fuera de sus fronteras. Por aquí, por esta calle de tierra, han desfilado ya las instituciones que antes estaban sordas. Algunas vinieron por iniciativa propia. Otras llegaron porque algún comandante habló buscando beneficios.
“¿Cómo no iban a saber semejantes atrocidades que hubieron?”, se pregunta un habitante de esta vereda.

Ellos, los habitantes de esta vereda, fueron a San José “muertos del miedo” a escribir sus nombres en formularios oficiales, a reportar a sus muertos y desaparecidos.

“Fue la negligencia del Estado. Si no se hubieran dando cuenta, entonces el Ejército no hubiera estado aquí. Pero seguro que no les convenía que supieran todo lo que estaba pasando”, dice.
“¿Cómo no iban a saber semejantes atrocidades que hubieron?”, se pregunta un habitante de esta vereda.

Ellos, los habitantes de esta vereda, fueron a San José “muertos del miedo” a escribir sus nombres en formularios oficiales, a reportar a sus muertos y desaparecidos.

“Fue la negligencia del Estado. Si no se hubieran dando cuenta, entonces el Ejército no hubiera estado aquí. Pero seguro que no les convenía que supieran todo lo que estaba pasando”, dice.
Quizá ahora tampoco les conviene. Pero el miedo a denunciar se ha transformado en indignación por el olvido. Aunque el miedo no se ha ido del todo:

“La verdad, si hablamos francamente, sentimos pasos de animal grande. Los que no se desmovilizaron están muy cerca. Puedo decirlo con toda tranquilidad: están muy cerca”, dice este vecino.

Ojalá, esta vez, los sordos sí vengan a tiempo.
Quizá ahora tampoco les conviene. Pero el miedo a denunciar se ha transformado en indignación por el olvido. Aunque el miedo no se ha ido del todo:

“La verdad, si hablamos francamente, sentimos pasos de animal grande. Los que no se desmovilizaron están muy cerca. Puedo decirlo con toda tranquilidad: están muy cerca”, dice este vecino.

Ojalá, esta vez, los sordos sí vengan a tiempo.
Un especial de desaparición en Colombia
Un especial de desaparición en Colombia